La llegada de la Medianoche

—Ahora tira de la cuerda hacia ti.
La elfa prestaba atención al adolescente a su lado, corrigiendo su postura para que mantuviera el brazo recto. Sus ojos azules siguieron la flecha que silbó en el aire y acertó en la diana, aunque no en el centro. Le vio destensar los hombros y le colocó una mano en la espalda.
—Me duele el brazo —Se quejó el muchacho.
—Te acostumbrarás.
—¿Y si no lo hago?
Suspiró, recordándole a sí misma cuando era joven y los Errantes la tomaron bajo su protección. Parecía que había pasado una vida entera desde entonces.
—Lo harás, pero para eso tienes que seguir practicando. Otra vez.
—Abu…
—Otra vez —Repitió la mujer, y el chico pronto sacó otra flecha a regañadientes.

Continuó dándole indicaciones sobre cómo mejorar su postura, algo que le costaba. Alherya sabía que su nieto no seguiría el camino de los forestales, pero tampoco le importaba. Ella lo había hecho porque no tuvo más remedio ni tenía a nadie, pero Anderion la tenía a ella, a su madre y a su bisabuelo. Allí, en la hacienda familiar, podía entrenar con ella en su tiempo libre, cuando ninguno de los dos tenía nada más que hacer.El brillo dorado que bañaba el patio trasero, iluminado por el sol, pronto se oscureció. Era una oscuridad extraña, acompañada por un frío inusual. No se trataba de una nube cualquiera. Cuando Alherya se dio la vuelta, vio la vorágine violácea sobre Quel’Danas, a lo lejos.
—¡Runalba!
Anderion se volvió y, como si todavía fuera un niño pequeño y no un adolescente cercano a la adultez, se aferró al brazo de su abuela. La maga, al servicio de la casa Brisalbor, se quedó anonadada cuando salió de la casa y vio lo que sucedía.
—¿Eso es…?
—Llévate a Anderion con mi padre. ¡Ya! —Bramó.
—¿Qué? —Preguntó Anderion, mirándola sorprendido. —¡Pero yo puedo ayudar! Abuela, por…
La súplica quedó en el aire cuando la hechicera los teletransportó, y un parpadeo después se encontró sola en el patio de su hogar.

Lyreth estaba en Lunargenta, en una reunión, por lo que pronto se enteraría de lo que ocurría. Aun así, le dejó una nota escrita con rapidez antes de ir a ponerse su armadura de forestal. Los Errantes necesitarían toda la ayuda posible y, como teniente, aquel era su deber.

El ejército de Lunargenta, compuesto por las distintas órdenes que lo conformaban, se vio ayudado por la Vanguardia de la Luz. Solo así pudo hacer frente a las fuerzas de Xal’atath. Sin embargo, el respiro que tenían sería breve. Alherya observó el haz de Luz que salía de la Fuente del Sol hacia el cielo, hacia aquella vorágine oscura que se cernía sobre la Isla de Quel’Danas. Se removió en la camilla, malherida, pero nada que no curase con algo de paciencia y cuidados. Con cuidado, se levantó y echó un vistazo a sus tropas.
—Brisalbor.
La elfa puso los ojos en blanco al escuchar la voz tras de sí. Giró sobre sus talones para mirar al elfo que la llamaba.
—Ahórrate el sermón, por favor.
—Tranquila —respondió con una media sonrisa, alzando las manos en señal de inocencia—, ya me he rendido intentando que entres en razón.
Le hizo un gesto con la cabeza para que le siguiera. Se libraba de que le echara bronca por no descansar, pero algo turbaba sus pensamientos. Lo veía en su mirada, por más que su actitud pareciera casual.

Se sentaron en un banco cercano a la pequeña enfermería improvisada. Había otros forestales allí, y ambos sentían incomodidad al ver a sus compañeros en aquel estado y no poder hacer nada por ellos. El silencio se instaló entre ambos brevemente.
—Escúpelo, Liandron.0
Su capitán se inclinó hacia delante, apoyando los brazos sobre los muslos. Su cabellera rubia, recogida en una coleta, parecía paja por la suciedad y el sudor. Aquel era el primer descanso que tenían desde que había iniciado el ataque de las tropas de la Presagista.
—Tenías razón —Admitió—. Quel’Thalas era el objetivo. No sé quién te dio la información, pero nos ha venido bien tener más entrenamientos estos últimos meses.
La información terminó teniendo un precio muy alto. Todavía recordaba el cuerpo de Sabrina después de que diera su vida por Velandria y Dalon. Apretó sin querer la mandíbula.
—¿De nada?
El elfo negó con la cabeza.
—Me han llegado informes. Puede que hayamos detenido el avance de Xal’atath por ahora, pero en el reino hay otros problemas. ¿Te importaría preguntarle a tu gente y ver si alguien puede ayudar?
—Nueva Sangre se encarga, descuida, pero…
—Sí, sí —La interrumpió el hombre, volviendo el rostro hacia ella—. Te debo una bastante gorda.
—Por ahora me basta con que encuentres a Elrendar por mí, ¿te parece?
Un asentimiento bastó para sellar el trato. Capitán y teniente se quedaron un rato más en el banco, compartiendo información y silencios que decían más que las palabras.


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