El sol se había puesto un par de horas atrás, y la Dama Blanca resplandecía majestuosa en el manto nocturno. Más allá, la Niña Azul la acompañaba, como una doncella permanecía cercana a su señora. Las calles de Ventormenta se sentían desnudas sin el ajetreo diurno. La mayoría de sus habitantes estaban ya en sus hogares, otros parecían intentar dejar secos los barriles de alcohol de las tabernas. El sonido de los pasos metálicos de los guardias sonaba, y aquello le era útil al pequeño grupo que se encontraba reunido en un callejón del casco antiguo de la ciudad.
—A mí me da que tu plan hace aguas.
Lorne se cruzó de brazos, con la espalda apoyada en la pared del salón en el que se encontraban; una vieja vivienda del casco antiguo de Ventormenta. Bajo sus gruesas cejas pelirrojas, la desconfianza brillaba en su mirada, clavada en Charles. Este último miró a Lorne y después a los otros dos miembros del grupo, Tucker y Alina. Cuando la joven se unió a los Dagas Rojas había otra chica, Jacinth. La magia de sus dedos había sido de gran utilidad en más de una misión, pero Charles decidió prescindir de ella y sus habilidades. «Nos sería de gran ayuda, por mal que me cayera». A Jacinth no le gustaba Alina. Desconfiaba de ella y de su mestizaje, y el sentimiento era mutuo.
—Creo que no te he pedido opinión, Lorne —respondió con serenidad.
—Oye, que es Winter quien me lo ha dicho esta tarde.
—No hay nada de qué preocuparse —insistió Tucker, quien solía ser silencioso.
Ella simplemente asintió cuando Charles la miró.
—Si tienes algo que decir, dilo ya —pidió, con un ligero cambio en su tono. Le conocía, no le gustaba cuando alguien le criticaba, y Alina solía tener razón.
—Los nobles suelen tener guardias de confianza en sus hogares aun cuando estos están de viaje —expuso ella—. Resulta demasiado fácil, y ni hablemos del pago por algo tan sencillo. Algo no encaja. Además, Jacinth nos iría bien por si…
—No —la cortó, tajante. Los músculos en su mandíbula se habían tensado y apretó los puños. Se preguntaba qué había pasado para tal reacción, pero no era asunto suyo—. Jacinth se queda fuera de esto. Nos encontraremos en el punto de reunión con la doceava campanada. Descansad hasta entonces.
Se separaron, pues todavía quedaba para la hora indicada. Era el momento de prepararse y rezar unas últimas plegarias. Sin embargo, los pasos de Alina terminaron siguiendo los de Charles. Se movía como un felino, ágil y silenciosa, prácticamente mimetizando sus movimientos y convirtiéndose en su sombra. Pasaron algunos minutos mientras recorrían las calles de la ciudad, hasta que Charles por fin habló.
—Me inquieta que hagas eso.
—Por eso lo hago —se burló Alina, colocándose a su lado—. Chase, no quiero insistir, pero si no es Jacinth, al menos otra persona que sepa de magia.
—Tampoco me huele del todo bien, Winter, pero esa suma no es algo que podamos rechazar.
Alina chasqueó la lengua contra el paladar. No era una mujer avariciosa ni codiciosa. Eso era bailar con la muerte, y ella solía tener las de ganar.
El plan era sencillo: colarse en la casa de un ricachón aprovechando que estaba fuera de la ciudad, robar un artefacto valioso y salir. El problema era justamente ese, demasiado sencillo. Tenía la voz de Tucker y su «no hay de qué preocuparse» repitiéndose en su mente. Para colmo, el contacto que les había pasado la información era anónimo. Todo se iba sumando, pero Charles estaba seguro de querer hacer aquel trabajo. Antes de separar sus caminos, le había prometido que todo saldría bien y que podría darse un descanso.
La hora había llegado. Alina fue la primera en llegar, vigilando todo desde el tejado a dos aguas de una vivienda cercana. Vio a Charles, haciendo un gesto dirigido a ella: sabía que estaba allí y la saludaba. Lorne y Tucker no tardaron en aparecer, y los tres echaron a andar mientras ella se movía en las alturas. Desde allí podía vigilar los alrededores, ver si se acercaba algún guardia. Cuando comprobó que todo estaba tranquilo, se deslizó por la tubería de un desagüe y se unió al resto. Echó mano de su juego de ganzúas y abrió la puerta trasera de la vivienda. El silencio, como era de esperar, les dio la bienvenida.
Charles y ella avanzaron juntos, con Lorne detrás y Tucker en la retaguardia. Examinaron cada esquina, con el mapa de la vivienda en la memoria. Algo no se sentía bien y no sabía cómo hacérselo saber a Charles. Tal vez fuera cosa de ella, que desde un principio no se había sentido cómoda con aquel trabajo, así que decidió ignorar aquellas alertas y continuar.
—Luz bendita —exclamó Lorne. Todos se volvieron hacia él, quien alzó las manos en señal de inocencia—. No hay nadie, ¿qué más da?
—Mantén la boca cerrada —chistó Charles en un tono más bajo.
No había guardias, era cierto, pero sabían que había el personal mínimo para encargarse del mantenimiento del lugar. No podían correr riesgos innecesarios. Siguieron avanzando por la planta baja hasta la puerta donde se encontraba su objetivo. Alina tuvo dificultades para abrir el cerrojo, mucho más complejo de lo que había esperado. Su juego de ganzúas se rompió y se mordió los labios para no expedir una maldición. Lorne, de pie a su lado, la miró con preocupación.
—¿De verdad, ahora?
—Tranquilo, encanto. No hay nada que se me resista —respondió, guiñándole un ojo.
—Excepto yo, monada. Tus encantos no tienen efecto sobre mí.
Alina sonrió, quitándose una horquilla del pelo. La deformó para poder usarla con mayor comodidad y volvió a intentar abrir el cerrojo. Unos segundos después, un clic sonó y la mujer abrió la puerta. Se puso de cara a Lorne y se elevó con lentitud. El pelirrojo era unos años más joven que ella. Incluso en la oscuridad podía adivinar sus mejillas sonrojándose, su pulso acelerándose ligeramente mientras su respiración se interrumpía un instante.
—Eso es porque no me has dado una oportunidad.
Charles puso los ojos en blanco y entró el primero. Tucker le dio un par de palmaditas en el hombro a Lorne, casi felicitando al chaval, y les indicó que entraran. Alina, con su rostro dulce, siguió a su líder mientras jugueteaba con uno de sus mechones dorados, unos que sabía que Lorne querría atrapar mientras aún tuviera su atención. Tucker entró el último, o eso pensaba.
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