El vacío se abre a mis pies. Una presencia estática, una sombra que ocupa el lugar donde antes solía latir algo. Tengo un nudo en el estómago que se acrecienta con cada segundo que pasa, devorándome desde las entrañas, recordándome que hoy no hay lágrimas de tristeza, solo el frío de la nada.
Me acuerdo de tu sonrisa marchita, de tu voz áspera y del modo en que la vida se te escapaba como arena entre los dedos. Me aferré a ti, pero te marchaste. Ese día no solo te perdí; me perdí a mí misma también. Me pesa el silencio de lo que no dije. Me pesa la fe que se convirtió en un suspiro, en oraciones que quedaron sin respuesta, y en el adiós que nunca llegué a pronunciar.
Habito un cuerpo que recuerda lo que la mente intenta olvidar, sintiendo cómo ese agujero en el pecho se ensancha. No por lo que duele, sino por lo que ya no está.

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