Dos

Ida y regreso

El sonido de unos pasos me despertaron. Abrí los ojos, notando un dolor punzante en el cuello. Al no haber podido pegar ojo, había estado en el salón principal revisando mapas. Los pasos continuaron mientras descendían por las escaleras. Me froté los ojos, cansada, y estiré los brazos por encima de la cabeza para tratar de despejarme un poco.
—¿Has dormido aquí?
Tenía aspecto de haber dormido a las mil maravillas, aunque tenía dudas de que hubiera cabido en una cama humana, demasiado pequeñas para la estatura de mi pueblo. Yo, en cambio, solía acabar con ojeras bajo los ojos.
—Sí, debía seguir mirando todo esto.
Sus ojos ambarinos recorrieron los mapas extendidos sobre la mesa. Pertenecían a zonas cercanas a las ciudades más importantes de la Alianza y había marcado un par de poblaciones pequeñas, teniendo en cuenta la información más reciente que tenía de cuando salí de Darnassus para venir a esta ciudad de piedra. Me clavó la mirada desde lo alto, que no era poco. Su sola presencia resultaba intimidatoria, pero en especial su mirada seria, desprovista de calidez.
—¿Para qué?
—Tenemos que reclutar —le recordé—, y ya que en Ventormenta no conseguimos hacerlo, tendremos que ir a otra parte.
—¿Adónde?
Me pincé el puente de la nariz con pulgar e índice. Resultaba inquietante que fuera tan prepotente y, al mismo tiempo, inútil. Iba a necesitar una paciencia que me faltaba. Inspiré hondo antes de responder.
—Podríamos comenzar por Dun Morogh, hay…
Ni siquiera pude terminar de hablar. Asintió con la cabeza y se dirigió hacia la puerta, dejándome con la palabra en la boca. Justo al llegar a la entrada, se detuvo con la mano en el pomo y se volvió hacia mí.
—Prepara tus cosas, voy a por ella. Nos vemos en el tren subterráneo.
Salió del edificio y sentí haberme quedado con cara de estúpida, boquiabierta. Tardé algunos segundos en reaccionar, repasando los últimos de la conversación. Con «a por ella» debía referirse a la tal Mantoblanco. Cuándo había buscado a la muchacha y la había encontrado era todo un misterio. Habría esperado que me lo comentara, pero cada vez tenía más claro que él actuaba de forma independiente.Recogí mis cosas y me puse la única ropa de abrigo que tenía, aunque sería insuficiente para las heladas tierras de Dun Morogh. Tampoco había tenido tiempo de preparar nada. Ya me había con algo allí. ¿Por qué ir allí? Estaba relativamente cerca de Ventormenta, se llegaba en pocas horas a través del tranvía subterráneo y sabía que algunos de los nuestros habían ido hacia las tierras enanas. Si Thoribas no quería buscar kaldorei en tierras kaldorei, por lo menos nos moveríamos e intentaríamos más suerte en otro lugar.

Caminaba hacia el punto de encuentro entre Ash’andu y Do’anar, mi montura, flanqueada entre dos bestias que a cualquiera con dos dedos de frente le impresionarían. Parecía que infravaloraba a los humanos, pues aquellos con los que me cruzaba tenían a bien apartarse. Los miembros de la guardia nos vigilaban con recelo. No podía culparles. También haría lo mismo en su lugar, salvo que ellos no necesitaban bestias de afilados dientes para suponer una amenaza contra todo lo que a mi pueblo le es sagrado.

Al llegar al punto de reunión me encontré con Thoribas y la mujer en cuestión. Era alta, con un porte sobrio. Sus ropas eran mucho más aptas para el clima frío del lugar al que nos dirigíamos, y durante el trayecto no pude evitar estudiarla. Tenía el aspecto de alguien que no estaba acostumbrado a hacer nada por su cuenta, con el mentón elevado en un gesto de superioridad. Sus cabellos violáceos estaban perfectamente peinados y acomodados sobre uno de sus hombros. Thoribas, a su lado, conversaba con ella en voz baja, aunque ninguno de los dos era de muchas palabras.

Arribar a la capital enana supuso un gran cambio con Ventormenta. Aunque Forjaz estaba en el interior de una montaña, la temperatura era cálida, casi sofocante. Y, por si fuera poco, nos cruzamos con el gnomo de cabellos verdes con el que me topé en la ciudad humana. Pudimos perderle de vista después de que intentara seguirme, sin que las amenazas con el uso de armas o las fauces de mi montura felina hicieran mella en él. Mientras salíamos de la ciudad, solo deseaba poder quitarme cuanto antes la maldita voz chirriante de la cabeza, y el calor dio paso a un frío como ningún otro. Nos dimos prisa en llegar a Kharanos, donde me hice con algo de ropa de abrigo mientras Thoribas y Mantoblanco iban a la posada.

Con una capa gruesa de lana, unos guantes y unas nuevas perneras, me reuní con ellos.
—Ya tengo las habitaciones —anunció Thoribas al verme.
Nos guio hacia ellas, bajando al piso inferior de la posada. Parecía que todo lo que sabían hacer los enanos era adentrarse en la tierra, de una forma u otra. No pude evitar seguir estudiando a la mujer que nos acompañaba y que no me había ni dirigido la palabra todavía. Recordaba habérmela cruzado con anterioridad, tanto en el navío que me llevó hasta Ventormenta como en la ciudad en sí.
—Ahí está la vuestra —informó mi compañero mientras abría una puerta y se dirigió a otra—. Si necesitáis algo, estaré en la mía.
Parpadeé varias veces. ¿La nuestra? Miré un momento a Mantoblanco y después a Thoribas.
—¿Podemos hablar un segundo? En privado.
Mientras yo me quedaba un segundo con él, la mujer no dudó en entrar en la habitación y adueñarse de la cama más cercana a la chimenea. Thoribas pareció pensarse la respuesta un momento, y cuando asintió, nos dirigimos a un rincón alejado.
—¿No hay otro cuarto libre? —pregunté, bajando la voz. Su ceño se frunció y entrecerró los ojos. Resultaba intimidante, y antes de que pudiera emitir queja alguna, me adelanté: —No me gusta. Ya me he cruzado antes con ella y hay algo que no me gusta, aunque no sabría decirte por qué.

Empecé a explicarle los encuentros con ella y la sensación que me dejaba, cuando noté algo subiéndose por mi espalda.
—¡Vaquita!
Esa dichosa voz molesta, esa cara pequeña y ese pelo verde asomándose por mi hombro… No sabía cómo el gnomo había dado con nosotros, cómo podía estar Elune burlándose de mí, pero agarré al pequeño ser por la camisa y le lancé contra el suelo sin ninguna clase de miramiento. Para cuando alcé la vista, Thoribas ya no estaba y la puerta de su habitación estaba cerrada. «¿En serio?». Frustrada, y sabiendo que una puerta no detendría al gnomo tras el viaje que había hecho —ni queriendo estar encerrada en un cuarto con la tal Mantoblanco—, salí del edificio. Me importaba entre poco y nada helarme en aquel instante. Sin embargo, cuando crucé la puerta principal y el aire frío me golpeó, también lo hizo la pregunta de Thoribas, cuya melena se movía con el viento.
—¿Estás bien?
Ni siquiera las bajas temperaturas del lugar lograban enfriar la ira que hervía en mi interior.
—Voy a reclutar por aquí y los alrededores —dije, mintiendo claramente.
Le pareció buena idea. Claro, él no iba a molestarse en hacerlo, así que cómo negarse. No pude evitar soltar un bufido de exasperación.

Me alejé a lomos de Do’anar para intentar relajarme. Pateé la nieve para intentar quitarme parte de la mala leche de encima, pero tras un par de horas no aguantaba más el frío y volví. Dejé a mi montura en los establos y me dirigí al interior de la posada, hacia el cuarto que compartía con la otra mujer. Al pasar frente a la puerta de Thoribas, Ash’andu estaba sobre su cama. Intenté llamarle para que saliera, pero tan solo sus orejas se movieron antes de seguir ignorándome. Muy bien, como quisiera. Queriendo estar sola, pagué un cuarto para mí que había quedado libre mientras estaba fuera.

El día siguiente esperaba que fuera mejor, pero empecé a perder la esperanza de que eso fuera posible. Thoribas avisó que nos íbamos, que regresábamos a Ventormenta. ¡¿Qué diantres estaba haciendo?! ¿Qué eran los Centinelas de Elune para él, un juego en el que él daba órdenes y nada más?

Una vez llegamos a la base de Ventormenta, tras un silencioso viaje de regreso, Thoribas decidió cederle a Mantoblanco el cuarto de arriba. Ella tan solo se molestó en subir y cerrar la puerta tras de sí. Tras haber dormido mal, en un sitio que no estaba pensado para mi gente, esperaba poder descansar por fin en una cama cómoda. Estaba, además, agotada, y sentía que era el momento de decirle a Thoribas la verdad antes de que fuera tarde. Tomé aire profundamente antes de acercarme a él, pero su altura imponía y hacía que quisiera callármelo con más ganas.
—Hay… algo que debo decirte. —Vi su entrecejo frunciéndose, entrecerrando la mirada mientras se cruzaba de brazos, como si esperase algún error que recriminarme. —Estoy esperando un hijo.
Lo había dicho en voz baja de forma inconsciente. La idea de volver a decírselo no me gustaba nada y ni siquiera podía mantenerle la mirada.
—¿Qué?


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