—Sir Éldril, tengo entendido que sois un protector nato —dije, pues había leído los informes de mi madre sobre cada integrante—. ¿Haríais los honores de entrar el primero?
—Por supuesto, lady Alba Sombría.Con espada y escudo en mano, el paladín fue el primero en entrar. Mheril había desenfundado su estoque en la diestra y una pistola en la zurda, mientras que Aldaes. Dentro, el murmullo del agua de la fuente de la sala central nos recibió. Los tres se adelantaron para revisar cada rincón.
—Qué raro —Mencionó Aldaes—. El agua de esta fuente no fluye como debería.
Nos acercamos, y en la parte trasera, tras una rampa decorativa por la que bajaba el agua desde una plataforma ornamentada superior, se encontraba un cuerpo. No necesité que le dieran la vuelta para reconocerle. Me llevé las manos a la boca, sorprendida. Sus cabellos cobrizos cubrían parte de su rostro, pegados por la humedad.
—¿Le conoces?
—S-sí, es… Es Kaelen, es miembro de El Relicario. Debía traerme unos documentos más tarde.
Que hubiera venido antes de tiempo no me preocupaba, pero sí quién podría haberle hecho aquello.
Sacaron el cuerpo para dejarlo en el suelo, con cuidado. La documentación era de tipo legal, y Demiurg no se equivocaba al creer que podrían ser importantes para alguien. Eran parte de un análisis que estaba haciendo sobre Valtherion Susurrocaso y sus finanzas, los acuerdos y negocios ilegales sobre los que mantenía su buen nombre. Sin embargo, dicha documentación no se encontraba con él.
Un sonido seco se escuchó al final de un pasillo, proveniente de la biblioteca. El paladín fue el primero en acercarse, siempre tomando la delantera, con el escudo frente a él para evitar cualquier posible golpe. Los demás le seguimos con cautela. Al asomarnos por el portón, el fénix de mi abuelo batió las alas con nerviosismo desde su poste, en el centro de la planta inferior.
—Parece despejado —anunció el paladín.
Sin embargo, nada más decir aquello, una bomba de humo estalló frente a nosotros, cegándonos por un momento y haciéndonos toser. El disparo del arma de Mheril resonó con fuerza entre las paredes, impactando contra la del fondo de la biblioteca. Me costó ver que se trataba de un único hombre cuando el humo comenzó a disiparse. La flecha de Aldaes se clavó en el hombro del intruso, y yo no perdí la oportunidad. No me importaba que hubiera un paladín al servicio de la Luz. Canalicé la energía del Caos en mis manos y lancé contra el adversario, pero debía estar todavía algo aturdida, porque la bola de color verde oscuro impactó contra el marco de la puerta.
Lo siguiente sucedió en un rápido suceso de golpes, flechazos y hechizos que acabaron con Mheriel perdiendo el equilibrio contra el suelo tras un barrido de piernas del enemigo. Una de las flechas de Aldaes pasó de largo justo al lado de Demiurg y por poco no atravesó también al fénix. Justo cuando le reprochaba el casi herir a la criatura, otro hombre saltó del piso superior, enmascarado al igual que el primero, para proteger a su compañero ahora debilitado.
—¡Tiene que ser una broma!
—¡De broma parece tu puntería! —Espeté al forestal.
Mheril recibió un fuerte puñetazo en la nariz, dejándola aturdida, y me puse frente a ella para evitar que se convirtiera en un blanco fácil. Demiurg se distrajo con nosotras, recibiendo una carga que casi le desestabilizó. Hizo uso de la Luz para recuperar terreno.
—¡Tapaos los ojos! —Anunció Aldaes.
Una flecha de madera de Luz salió de su arco, estallando en un haz de luminosidad que me cegó y me hizo dar un par de pasos hacia atrás, sin haberme dado tiempo a cubrirme. No fui la única por las quejas del atacante.
«Esto ya ha durado suficiente». Después de que una flecha de Aldaes atravesara el muslo del hombre e hiciera flaquear su apoyo, canalicé una maldición que comenzó a quemar sus nervios y músculos desde el interior, como una brasa extendiéndose y consumiendo la carne. El alarido de dolor llenó la sala por completo y, para mi sorpresa, el hombre trató de huir en un intento desesperado por, suponía, salvar la vida. El forestal, sin embargo, le cortó el paso.
—Buen trabajo —Felicitó Mheril, con una mano todavía en la nariz.
Demiurg envainó la espada al cinto, señalando que se estaba desangrando. Observé la pierna del primer atacante, volada por uno de los disparos de Mheril. Alcé las cejas, sorprendida, sin recordar en qué momento había pasado.
Athanar entró en esos momentos en la estancia, poniendo a todos en guardia. Observó la escena y después comprobó inmediatamente cómo me encontraba, ignorando al resto.
—Es Athanar Aral’an, mi guardaespaldas —Informé, tranquilizando a los demás para que bajaran las armas—, aunque empiezo a dudar de su efectividad.
La puya no pasó por alto para el hombre. Vi su ceño frunciéndose, arrugándose como tantas veces había visto ya pero sin emitir réplica alguna. Inspeccionó el resto de la biblioteca para asegurarse de que no había nadie más allí.
—Tratad vuestras heridas —Ordené—. Mheril, descansa ahora. Nos recuperaremos e interrogaremos a estos despojos más tarde.
—Puedo intentar ayudarte, aunque la sanación no es mi especialidad precisamente —Oí a Demiurg, acercándose a la pelirroja.
—¿Dónde podría… descansar un poco?
Señalé el camino hacia el comedor, y Demiurg no dudó en adelantarse para asegurarse de que no hubiera más intrusos. Athanar no tardó en regresar y en informar de que no había nadie más, inmovilizando a los presos con un hechizo inmovilizador. Trató la herida sangrante del primero de los atacantes, el más delgado de los dos, para evitar que muriera antes de extraerle la información, y los sentó en un par de sillas antes de salir conmigo al pasillo, una vez el resto se hubo ido al comedor.
—¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. ¿Aguantará lo suficiente?
Asintió con la cabeza, y esperaba que tuviera razón.
—Lo siento, debí…
—No importa —Zanjé—. Encárgate de Kaelen, por favor. Sé discreto.
Clavó su mirada dorada sobre mí, intranquilo. Susurró mi nombre al tiempo que extendía una mano hacia mi brazo, quedándose a un palmo antes de bajarla de nuevo. Se pasó una mano por la melena rubia mientras soltaba un resoplido lleno de exasperación, de palabras que quería decir pero no se atrevía, y finalmente dio un paso atrás.
—Mi señora.
Se retiró para encargarse del cuerpo del mensajero, sabiendo que lo trataría con el respeto que merecía. No era más que un muchacho algo más joven que yo. Bajé la mirada a mis propias manos, ligeramente temblorosas. Necesitaba algo de aire fresco antes de lo que estaba por venir. Tan solo agradecía que mi hijo no se encontrara allí y estuviera a salvo.

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