Debió pasar alrededor de una hora, tal vez más, cuando unos nudillos golpearon suavemente mi puerta. Me acerqué y la abrí un palmo.
—¿Podemos hablar?
Me separé de la puerta y me senté en uno de los sillones frente a la chimenea apagada. El candelabro que él llevaba iluminaba lo suficiente y pudo comprobar que las sábanas de mi cama estaban intactas.
—No puedes seguir así, Lyreth. —Dejó el candelabro sobre el suelo y me colocó por encima de los hombros la fina manta que reposaba sobre el otro sillón. —¿Qué te carcome tanto?
—Estoy bien, Athanar.
—¿Me tomas por tonto? Llevo siendo tu guardaespaldas ocho años. Sé cuándo le das tantas vueltas a algo que te consumes. ¿Es por el caballero ese?
Chasqueé la lengua. Demiurg podría ser una preocupación en otras circunstancias, no en esta. Apoyé los antebrazos sobre las rodillas y entrelacé mis dedos, sintiendo la opresión en el pecho que me dificultaba respirar.
—Es por los intrusos, ¿no?
Asentí una sola vez, y él comprendió entonces todo lo demás, como si las piezas del puzle comenzaran a encajar una tras otra. Se agachó frente a mí y con suavidad me elevó el mentón con un par de dedos para que le mirase.
—Tu familia está a salvo y tú también. Si quieres que contrate más seguridad…
Negué rápidamente con la cabeza.
—No, no quiero más gente merodeando mi casa, y tampoco tenemos la solvencia necesaria. No se trata de eso, sino de que… Me siento un monstruo.
—Lyreth, mírame. No eres ningún monstruo, ¿de acuerdo? —Su pulgar recogió la primera lágrima que se me escapó.— Los monstruos no se arrepienten. No tienen sentimientos. Tú sí. Es hora de que aceptes que sientes cosas, que necesitas a otras personas.
Su voz, suave y pausada, era como un arrullo. Sus palabras eran tan certeras como una saeta. No sabía cómo me conocía tanto, ni cómo supo que necesitaba un abrazo antes de saberlo yo misma. Me acunó entre sus brazos y me acarició la espalda, dejándome llorar. No hubo más palabras, solo su cuerpo envolviéndome como si hubiera una amenaza de la que quisiera protegerme y él fuera mi escudo.
Cuando mi cuerpo dejó de temblar por el llanto, siguió sosteniéndome, conmigo aferrada a él. Mis dedos se cerraban alrededor de la tela de su capa.
—Tengo miedo de más dolor, Athanar —murmuré contra su hombro—. Tengo miedo de ser débil y vulnerable, de sentir que no tengo el control sobre nada.
—A veces las debilidades nos vuelven fuertes. Tú misma me lo dijiste hace años.
—Ya no sé si creo en ello.
Se separó lo justo para hacerme mirarle de nuevo, deshaciéndose del rastro de mis lágrimas con suavidad.
—Solo es una mala racha, ¿de acuerdo? Ven.
Acepté la mano que me ofrecía y me levanté, caminando descalza hasta mi cama. Palmeó el colchón y suspiré.
—Vamos, acuéstate. Yo me quedaré vigilando.
—Suenas a mi padre.
Rio, con una carcajada que mostraba sus colmillos y marcaba sus hoyuelos aun en la penumbra de la habitación.
—Tu padre, que en paz descanse, probablemente me cortaría las pelotas por precaución.
No dije nada, pero sabía que no. Mi padre nunca fue demasiado paternal ni protector. A día de hoy seguía preguntándome muchas cosas de él.
—Sigo viéndole, ¿sabes? Pálido, con la soga alrededor del cuello partido.
Me separó las sábanas mientras me metía en la cama. Noté el cambio de expresión en su rostro. No hacía falta que le dijera que había estado pensando en él recientemente, que había visitado su tumba casi a diario. Hubo un momento de silencio tras tumbarme, colocando un brazo bajo la almohada para elevar un poco la cabeza y mirarle más cómodamente. La tenue luz del candelabro creaba sombras danzarinas en su rostro.
—¿Es eso lo que te da miedo?
—En parte —admití en voz queda.
—¿Qué más te da miedo?
¿Cómo responder a una pregunta para la que no tenía respuesta?

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