sangre y sombras

Boda secreta

El entrenamiento había sido interesante. Isirya sabía cómo enfrentarse a criaturas demoníacas y del Vacío, y no era ninguna sorpresa. Aldaes, sin embargo, estaba verde al respecto. Aunque no era su habilidad o falta de esta lo que me tenía dándole vueltas a la tarde, sino algo que había dicho. Algo que, sin duda, Isirya le contaría a su hermana y esta usaría para burlarse de mi madre. Y ese privilegio me pertenecía a mí.

Estaba preparando la cena, unas chuletas envueltas en cardos de sangre, cuando la puerta principal de casa se abrió. La risa de Anderion me hizo sonreír. Por lo que escuchaba desde la cocina, estaba celebrando haber acertado el centro de una diana por primera vez, aunque cuando me lo contara más tarde fingiría sorprenderme. No le gustaba el tiro con arco, pero quería que supiera protegerse. Esperaba no estar excediéndome. Ahora que tenía mi propio hijo podía comprender mejor a mi madre y las decisiones que tomó.

Más tarde, cuando ya estábamos en la mesa cenando, después de que Anderion me compartiera su progreso en el tiro con arco y se quejara también de su dolor de brazos, vi el momento. Me limpié los labios con la servilleta y bebí un poco de vino de mi copa.
—Madre, ¿por qué no nos habías hablado de tus progresos?
Presidir la mesa me permitía ver a mi hijo a mi derecha intercambiando la mirada entre Alherya y yo, curioso, mientras mi madre, a mi izquierda, dejaba el tenedor sobre el plato con confusión.
—¿Progresos?

Tuve que contener una sonrisa, porque aquello se me hacía divertido. Mecí con suavidad la copa en mi mano, removiendo el líquido rojo mientras me reclinaba contra el respaldo del asiento.
—Sí, con Aldaes. —La confusión en su rostro era ahora mayor. —No me habías dicho que os habíais casado.
—¡¿Te has casado?!
Anderion estaba tan sorprendido como Alherya, y yo fingí cierta indignación.
—¿Tampoco te lo ha contado a ti? Parece que tu abuela tiene mucho que contar.

El rostro desencajado de mi madre era para pintar un cuadro. Se había quedado sin habla, y parpadeó varias veces.
—¿Qué?
—Oh, vamos, ¿te casaste ebria y ya no lo recuerdas? Ten cuidado, porque así me tuviste a mí.
Bebí un sorbo más para evitar que una pequeña sonrisa me delatara mientras me metía con ella. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hice.
—¡Lyreth, no digas tonterías! —Farfulló. —No me he casado con nadie. ¿A qué viene todo esto?
Me encogí ligeramente de hombros, inocente de mí.
—Oh, nada, es solo que hoy le he conocido. El entrenamiento ha ido bien, por cierto, Isirya no decepciona.
—¿Le has conocido y qué ha pasado?
—Pues que se ha presentado como Aldaes Brisalbor, y claro… Solo he tenido que unir los puntos.

Un tono rojizo comenzó a teñir el rostro de mi madre, haciendo que el brillo azul de sus ojos pareciera cobrar más fuerza. Se tapó las manos por la cara y se escurrió un poco en la silla, como si la adolescente fuera ella. Anderion la miró sorprendido, pensando que era cierto. Le di un pequeño golpecito con el pie y le guiñé el ojo. Entendió rápidamente que era una broma y se desinfló. Sus cabellos rubios eran sedosos entre mis dedos mientras pasaba la mano por ellos en un gesto cariñoso.

—Juro que no ha pasado nada entre Aldaes y yo. De verdad. No sé por qué habrá dicho eso, pero no hay nada. Solo es un miembro más de Nueva Sangre —Farfulló.
Resopló y bebió varios tragos seguidos mientras la observaba. ¿Respondía lo que se me pasaba por la cabeza o sería un comentario un poco cruel? Ya había pasado más de una década desde su muerte, así que suponía que podía bromear con ello.
—Padre también era un miembro más de Nueva Sangre —Le recordé—. Te apuñaló y meses después estabais en el altar.
—¿El abuelo te apuñaló? ¿Y te casaste con él?
Mi madre me clavó la mirada con la mandíbula tensa. Por una vez no supe cómo interpretar aquello. Quizá me había pasado al mencionar a mi padre.
—Eso… Eso fue distinto —dijo en un tono de voz más bajo—. ¡Esto no tiene nada que ver!
—Pero te has puesto roja, abu —Señaló Anderion, y ya no pude contener la risa.

Mis carcajadas retumbaron entre las paredes de piedra y tuve que dejar la copa sobre la mesa. No intenté contenerla, y menos cuando me miró con aquella expresión que decía «te mataría si pudiera». Su rostro siguió enrojecido y masculló algo que no alcancé a escuchar. Cuando me calmé, le sonreí.
—Tendrías que haberte visto la cara.
—Ya te la devolveré —Prometió, con una peligrosa determinación en la mirada—. ¿Entonces el entrenamiento ha ido bien? Espera, ¿has dicho que Isirya ha estado presente?
De inmediato se pasó las manos por la cara, sabiendo que estaba perdida.
—A Ilirya no le gustará saber que te has casado de nuevo y que esta vez no la has invitado. Seguro que esperaba volver a ser tu dama de honor.
—Oh, ¡por Belore! —Gruñó.— Estoy perdida.
—En efecto —dije con una amplia sonrisa, acercando mi copa a la suya tras rellenar ambas—. Va a ser otra de esas cosas que te recuerde durante el resto de vuestras vidas. Enhorabuena.
Entrechoqué mi copa con la suya en un pequeño brindis y bebí, satisfecha con mi jugada, mientras ella tomó varios tragos seguidos. Sentaba bien tener un ambiente distendido entre tanta tensión y malas noticias.


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