En el Casco Antiguo de Ventormenta, la piedra se coronaba como el principal material de construcción en la ciudad. Aquí, los edificios no eran muy altos, pero sí se notaba el peso de los años. Por alguna extraña razón, los pisos superiores usaban entramados de madera y probablemente yeso. Los tejados de pizarra eran de un tono rojizo, al contrario que en otros barrios, y mayormente a cuatro aguas. Algunos tenían pequeñas mansardas, pero la mayoría tenían chimenea.
Nuestra base se encontraba en un callejón oscuro, pequeña y rodeada de edificios de tamaño similar. En la primera planta había un salón con mobiliario básico: una mesa, unas pocas sillas y estanterías. En la superior, un dormitorio. ¿Y por qué teníamos una base en Ventormenta cuando nuestro cometido era proteger las tierras kaldorei? Órdenes, según él. Debíamos quedarnos allí mientras buscábamos a una de las descendientes de los Mantoblanco, una familia de cierto renombre en Darnassus que se consideraban a sí mismos nobles.
Ahora mismo debía ponerme al día con nuestra normativa interna y las expectativas puestas sobre nosotros mientras visitaba otro de los barrios de la ciudad, buscando a la tal Mantoblanco. No tenía ni idea de donde podría haberse metido una mujer como ella. Para mí, las casas nobles eran algo arcaico, responsables de lo que nos sucedió hace más de diez mil años. Que alguien se considere noble es, sencillamente, vomitivo.
Me crucé con un par de jóvenes kaldorei que hablaban la lengua común como si hubieran nacido con ella. Tal vez por eso nos querían allí, pero por mi breve conversación con ellos, no les interesaba quedarse en nuestros bosques y luchar por ellos. Querían sentir que pertenecían a algo más grande, algo que «de verdad importara». ¿Qué nos ofrecía la Alianza? Conveniencia, nada más. Y aquella noche me di cuenta de algo más.
Cuando Thoribas entró por la puerta de nuestra base humana con la cena, vi que a pesar de nuestros rangos, él hacía lo mínimo. Había demostrado prepotencia, frialdad, tozuded y ahora… ¿incompetencia?
El silencio nos abrigaba mientras cenábamos. Era muy consciente de que nuestra terquedad podía causar conflictos entre nosotros, y también de que sus ojos se parecían mucho a los de Ayshlad. Había descubierto que me gustaba perderme en ellos cuando no se percataba de mi mirada.
—Debemos seguir reclutando.
Bebí un poco de agua mientras alzaba la vista hacia él, tragando el trozo de pescado que me había metido en la boca. Me quedó claro que, a pesar de usar el plural, se refería a mí.
—En Ventormenta, aunque no lo parezca, no he encontrado a nadie.
—¿Por qué no ahora?
No estaba segura de si era cabezonería o no me había escuchado. Si a lo largo del día no había encontrado a nadie interesado en unirse a nosotros, ¿qué creía que lograría por la noche? Aquel lugar tampoco era un lugar seguro cuando la noche caía.
—Las calles son peligrosas ahora.
—Sabes defenderte, ¿no? —replicó con tono altivo.
Con cada frase suya estaba más convencida de que no tendría paz hasta que las cosas se hicieran como él quisiera. Acompañada por Ash’andu, recorrí las calles de la ciudad en alerta. Atraíamos más miradas de las que hubiera deseado y oí comentarios que me hacían hervir la sangre. Estaba con los nervios a flor de piel y no iba a malgastar mucho más mi tiempo de aquella manera. Algo me retuvo de forma súbita, sujetándome del brazo. Al mismo tiempo que noté mi corazón acelerándose, noté un golpe en el vientre, uno procedente del interior.
Ash’andu y yo regresamos lo más rápido que pudimos a la base, y me aseguré de cerrar bien la puerta y las ventanas. Thoribas se levantó con calma, mirándonos con una ceja levantada hasta que se fijó en la herida de Ash’andu.
—¿Qué ha pasado?
Le ignoré mientras buscaba entre mis pertenencias un cataplasma para desinfectar y ayudar a la cicatrización de las heridas. Todavía notaba en las sienes mi corazón martilleándome.
—¿Qué ha pasado? —repitió, esta vez molesto por haber sido ignorado anteriormente.
Ash’andu, que se había tumbado en un rincón y se lamía la herida, me gruñó cuando me acerqué para tratarle. Le conocía bien: si me acercaba, haría algo más que mostrarme su dentadura. A pesar de ello, le limpié la herida y se la vendé.
—Ha atacado al humano que quería «invitarme a un trago». —La falta de ganas era patente en mi tono, y agregué con asco: —Humanos.
—¿Y por qué te ha gruñido?
Me limité a encogerme de hombros y subí al piso superior. No tenía más ganas de entablar conversación con él.
Una vez en el dormitorio, revisé la herida que el humano me había causado en el brazo, intentando librarme de él. No resultaba ser más que un rasguño, pero prefería asegurarme. Lo que me había dejado con mal cuerpo más allá del encontronazo fue otra cosa. Era aquello que había sentido en mi interior, casi como una advertencia de que ahora éramos dos y era más vulnerable. Aunque esa idea no me gustaba, no dejaba de ser cierto. Todavía me costaba admitirlo, pero no quería que le pasara nada a aquel pequeño. Me tumbé y suspiré, clavando la mirada en el techo.
—¿Qué voy a hacer? —Susurré a la nada, casi esperando que el silencio me respondiera.

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