El miedo era constante. Siempre había tenido a alguien conmigo, y de repente no tenía a nadie. Podría regresar a Vallefresno con mis padres, pero no quería que me juzgaran. Para ellos, haberme quedado encinta sin el ritual que me vinculaba a Ayshlad sería una deshonra. No podía sumarla a la de mi hermana tras irse con un humano. Erion tal vez me ayudara, aunque imaginaba que sería como clavarle una daga en el corazón, recordándole en cierto modo lo que había perdido. Mi madre, además, había depositado todas sus esperanzas en mí.
¿Qué se suponía que debía hacer? Me planteaba la opción de interrumpir mi embarazo, como sabía que algunas mujeres hacían. Sin embargo, me habían enseñado que eso no era correcto, que era acabar con una vida inocente, y eso despertaba otras dudas. Se agolpaban unas contra otras y me dolía la cabeza. Ni siquiera me permitía pensar con claridad.
Me encontraba en Ventormenta para recoger algunos suministros que mi superior me había encargado. Masticaba una manzana sin saborearla, más centrada en todas esas dudas sin encontrar una solución. El parque en el que me encontraba era tranquilo, alejado del bullicio del mercado donde se reunía gente de todo tipo y de diversas razas. Muchos, como yo, venían de otras partes de Azeroth. La piedra fría reinaba en cada rincón, pero aquel barrio permitía que la naturaleza se abriera paso. Estaba lejos de casa, pero me reconfortaba.
Sumida como estaba en mis pensamientos mientras hacía tiempo, no prestaba demasiada atención a mis alrededores. Me había puesto una camisa blanca y unos pantalones de cuero marrones, tratando de no destacar demasiado. Sin embargo, llamé lo suficiente la atención de alguien cuando noté mi bolsillo más ligero. En cuanto me volví, vi a un gnomo de cabellos verde claro correr tan rápido como le permitían sus cortas piernas.
—¡Eh, tú!
Logró escabullirse, ignorando las amenazas que vociferé. El resto de razas eran inferiores a la mía, por todos los conocimientos que nuestra longevidad nos proporcionaba, pero los gnomos eran, por lo poco que había interactuado con ellos, la peor. Esto no hacía más que reafirmarme. Resoplé, molesta conmigo misma. Maldije para mis adentros. Por suerte solo habían sido unas monedas de cobre, algo sin importancia en comparación a lo que se me venía encima.
Seguí dando vueltas a lo mismo hasta que regresé a la posada en la que me hospedaría hasta mi regreso a casa, cuando me avisaron de que me aguardaba una misiva. Fruncí el ceño con extrañeza, esperando que no se tratara de Arcthor, la pareja humana de Nahim. La abrí y leí en mi habitación: se me esperaba por la noche en una de las tabernas de la ciudad. No había firma ni sello, pero estaba escrita en darnassiano. Aquello despertó mi curiosidad, aunque admito que no es algo difícil de lograr. Sin embargo, no era estúpida y acudiría armada al encuentro. No solo por mí, también por el pequeño que crecía en mí. Me sorprendió querer velar por su seguridad. La ropa que portaba no evidenciaba mi estado, aunque tal vez solo yo fuera consciente de los primeros cambios del segundo trimestre. Suspiré mientras me miraba en el espejo antes de salir.
El hedor del alcohol me golpeó la nariz cuando abrí la puerta, frunciéndola con molestia. Las mesas estaban ocupadas, igual que cada centímetro de la barra. El sonido de sus voces llenaban la estancia de un ruido insoportable. Me abrí paso por el lugar mientras observaba con atención, cuando mis ojos reconocieron un rostro: Arcthor. Había hablado pocas veces con él, en Auberdine. Me extrañó verle con la única compañía de una jarra, y decidí perderme entre otros parroquianos para evitar que me vislumbrara. Una voz masculina sonó fría e impasible tras de mí.
—¿Dalria?
Al volverme, me encontré frente a un kaldorei de piel plateada y cabellos blanquecinos, como yo. Su cuerpo estaba tonificado, sin grandes músculos. Era atractivo, y tengo que admitir que me quedé ensimismada durante un par de segundos antes de responder con un asentimiento de cabeza. Me invitó a seguirle hacia el fondo de la taberna, donde había unas escaleras que llevaban a un túnel subterráneo.
Qué puedo decir. No pensé en una posible trampa ni en lo extraño que era aquel lugar, iluminando únicamente por la antorcha que él había prendido, solo en el poco sentido que tenía aquello. Caminaba un par de pasos tras él, sintiendo el frío y la humedad que se hacían cada vez más presentes. Observé las paredes de piedra, descubriendo que estábamos en una cripta. Mientras avanzábamos, empecé a preguntarme quién era él, qué hacíamos allí o qué quería de mí. Cuando nos detuvimos, se giró y me estudió descaradamente con la mirada. Sentí sus ojos en cada rincón de mi cuerpo durante unos largos segundos, más de los que creí necesarios.
—¿Eres realmente Dalria Brisanocturna?— preguntó finalmente, clavando en mis ojos su penetrante mirada—. Me han hecho contactar contigo ya que tú estuviste al cargo de Natura, ¿es eso cierto?
Natura era la Orden que mi hermana fundó meses atrás para proteger la naturaleza. Sin embargo, ante su falta de dotes de mando, pidió que yo la liderase y no supe negarme. Orden que había llegado a su fin sin lograr ningún objetivo, cabe decir, aunque no me pertenecía su fracaso. Hice a un lado los pensamientos sobre mi hermana y volví al mundo real, viendo los labios del kaldorei moverse. Según me contaba, había sido elegida para liderar una nueva Irden formada por el Templo de Darnassus, los Centinelas de Elune. Tragué saliva. ¿Cómo y por qué se había tomado esa decisión? ¿Por qué yo? Ninguno de los dos tenía respuestas a las dudas que me surgían.
—Nuestro pueblo necesita que alguien reivindique nuestra raza, nuestros objetivos, y nuestro propósito es conseguir todo aquello que no hemos logrado hasta ahora—. Aprovechó un breve silencio para seguir escudriñándome, y no pude evitar empezar a sentirme incómoda. —Estamos envueltos en guerras, guerras que libramos por nuestros aliados pero no por nosotros. Darnassus necesita un brazo ejecutor.
Nuestras órdenes eran claras y precisas: formar un grupo capaz e independiente. Aunque me gustaba la idea, no me hacía gracia ser su compañera, pues el liderazgo sería compartido con él, Thoribas. Las pocas veces que había hablado, me interrumpió para responder las dudas que en mi mente se formaban, como si fuera capaz de introducirse en ella y leerla. Solo en aquel rato pude ver que era prepotente y orgulloso.
—Nos han bautizado como Centinelas de Elune. Espero que estés preparada para honrar ese nombre.
—Lo estoy —respondí con firmeza—. Gracias por venir hasta Ventormenta para comunicármelo.
Órdenes, contestó para restarle importancia, y entonces mencionó que durante la travesía a través del mar coincidió con una de las descendientes de Mantoblanco. La muchacha, en su opinión, podría sernos útil, aunque no sé si era por su apellido o porque confiaba en sus habilidades. Al fin y al cabo, los Mantoblanco eran una familia de relevancia en Darnassus, aunque no eran nobles. La nobleza en mi pueblo desapareció con la reina Azshara, diez milenios atrás.
Tras aquella charla con Thoribas, regresé al parque de la ciudad, a pesar de que contábamos ahora con una pequeña base en la ciudad humana. Innecesario, si mi opinión valía de algo, pues no esperaba que pasáramos allí demasiado tiempo como Orden. El kaldorei, además, y por suerte para mí, no se había percatado de mi embarazo. Lo haría tarde o temprano, pero ya me enfrentaría a ello cuando llegara el momento. Por ahora tenía que ponerme al día con la normativa que nos regiría, recogida en un pergamino. Debo decir que la actitud de Thoribas, tan fría y prepotente, me preocupaba. Eso, y la testarudez de ambos, podría generar conflictos entre nosotros. Pero no era lo peor de todo: me recordaba a él, y eso no podía ser nada bueno.

Deja un comentario