El Orbe de Shandora

Hace mucho tiempo, en lo profundo de un bosque, habitaba una tribu trol, oculta entre sus árboles y follaje. Poseían una magia oscura con la que corrompieron el lugar, convirtiéndolo así en un horrendo y maloliente pantano. Vivían en una fortaleza de piedra situada en medio de un lago, parcialmente hundida, habitando bajo el agua.

Dicha tribu tenía en su poder un orbe cuyo dueño era el Oráculo o Profeta. No solo era el líder espiritual de la tribu, también su cabecilla. El Oráculo tenía la capacidad de ver a través de dicho orbe, en el cual se visionaban imágenes de artefactos de gran poder ocultos en otras partes del mundo. Estos artefactos servían a la tribu para defenderse de invasores, realizar rituales nigrománticos o preservar su conocimiento, entre otros.

Sin embargo, el orbe poseía una facultad que desconocían inicialmente. Para otorgar dichas visiones, el orbe necesitaba alimentarse, por lo que succionaba la energía arcana del usuario, debilitándolo lentamente. Fue a raíz de esto que, a lo largo de varias generaciones, la tribu ha contado con diversos Profetas.

Un día, hace cientos de años, la tribu fue atacada por una rival. La batalla fue cruel y sangrienta, hasta el punto en que los muros de la fortaleza colapsaron, inundando sus pasillos y estancias. Decenas de cadáveres se hundieron bajo sus aguas, mientras que la tierra húmeda reclamó a otras tantas. En los salones de lo que una vez fue el hogar de la tribu quedaron los cuerpos que, tras haber sido expuestos a grandes cantidades de magia nigromántica, se alzaron de nuevo, vagando por los pasillos por toda la eternidad.

Dicho orbe fue el objetivo del Filo de Aggramar, dispuesto a recuperarlo para usarlo contra la Legión Ardiente.


Hace 11 años… (32 DPO)
    Lord Vernael Sangramar reunió al Filo de Aggramar en el concejo de la base, el edificio principal de un pequeño conjunto de edificaciones de piedra. Valandria, tras examinar las runas de protección que guardaban sus murallas, acudió para escuchar lo que su líder tenía por compartir, como hicieron los otros cuatro miembros.
—Tengo el paradero de nuestro objetivo —dijo al tiempo que extendía un mapa sobre la mesa, alrededor de la cual se encontraban reunidos el resto de sus compañeros: tres elfos de sangre y un trol. Señaló un punto para que todos vieran su destino—. En este pantano hay unas ruinas que visitaremos, exploraremos y buscaremos un orbe un tanto… especial.
Valandria alzó una ceja, suspicaz, mientras clavaba la mirada sobre Vernael. Temía que, fuera lo que fuera aquel orbe, él no sería el primero en haberse hecho con la información sobre este ni su localización. Algo le decía que muy seguramente alguien ya habría visitado aquellas ruinas y se había llevado el orbe antes que ellos.
—¿Especial en qué sentido? —preguntó, queriendo saber más.
—En que, según se dice, es capaz de darnos la localización de otros artefactos como los que buscamos. Preparad el equipo, nos vemos en la entrada en media hora.
El grupo abandonó la estancia y marchó a prepararse. Valandria ya tenía todo dispuesto para el momento en que debieran partir a toda prisa, queriendo adelantarse y no olvidarse nada.    Se reunieron en la entrada de la base y aguardaron a Vernael. Los ojos de Valandria no se separaron de su figura mientras se acercaba al grupo, subida a lomos de un caballo —más fáciles de mantener y, a su ver, también aportaban una mayor estabilidad que los dracohalcones—. Viajaron primero por tierra, y más tarde por mar. A pesar de ello, el viento les acompañaba y el sol primaveral brillaba en lo alto, por lo que el viaje fue bastante ligero. Aquello les permitió hablar y conocerse mejor entre todos. Para cuando llegaron al pantano, la noche ya comenzaba a absorber los últimos rayos de sol, por lo que decidieron pasar la noche en una antigua torre vigía, abandonada tiempo atrás.Tras la noche de descanso, Vernael lideró al grupo a través del pantano, procurando evitar las zonas más profundas. La humedad impregnaba el ambiente y el frío se colaba bajo las ropas, adhiriéndose a la piel. Con él a la cabeza, le seguían Solris, Valandria, Elysia, Zul’drin y Lorthzen, tratando de pisar por donde el resto lo hacían. El avance era lento y no sin sorpresas. Los cuerpos sin vida que una vez moraron en aquellas tierras se alzaron, atacando al grupo. Se abrieron paso a través de los enemigos, recibiendo a cambio heridas superficiales, hasta que al fin llegaron al lago. Algunos, aquellos lo suficientemente inteligentes como para no adentrarse en aquellas tierras, lo llamaban el Lago de Shandora. A ojos de Valandria, no era más que un charco de agua glorificado por una leyenda, una que mantenía a raya a los más precavidos y que hacía desaparecer a aquellos tan estúpidos como para adentrarse. «Pero nosotros venimos preparados», pensó la arcanista con un toque de arrogancia.La fortaleza, a lo lejos, se alzaba por encima de las aguas. La piedra se había oscurecido por el tiempo y el moho, el musgo había encontrado recovecos por los que crecer, así como otras pequeñas plantas. El liquen cubría algunas de las paredes, y las algas se acumulaban en aquellas zonas en contacto directo con el agua. Los ojos de Vernael no veían por primera vez aquella edificación, apenas una sombra desde su posición actual; ya había estado allí y había preparado un bote para poder llegar desde la orilla hasta las ruinas.
—Una vez lleguemos, buscaremos una zona segura donde pasar la noche.
La noche y el día, en aquel lugar, parecían conceptos extraños. La niebla que les envolvía no permitía que la luz llegara con claridad, dificultando la visibilidad.
—¿Oís eso? —preguntó Valandria.
Vernal la miró un segundo y prestó atención a su alrededor, igual que el resto del grupo.
—¿El qué? —La voz de Elysia era más grave en comparación. —No oigo nada.
—Exacto —replicó la arcanista—, no se oye nada.
Hubo miradas confundidas, pero pronto los sentidos del grupo se centraron en los alrededores, en aquel silencio antinatural.Los minutos parecían eternizarse y las palabras, sobrar. La tensión era palpable, esperando lo peor de un momento a otro, mientras los remos del bote los acercaba con un suave murmullo al volver a entrar en el agua. Vernael se detuvo y alzó los remos. Los introdujo a tiempo para desenvainar la espada y ensartar en el torso de un cadáver viviente que salía de las aguas. No fue el único. El grupo pronto se vio rodeado por ellos, tratando de alcanzarlos y tirar de ellos. Todos, a excepción de lord Sangramar, cayeron al agua. Valandria sintió no solo los tirones, también el peso del agua. Con el corazón acelerado, movió brazos y piernas para zafarse del agarre que uno de aquellos no-muertos ejercía sobre ella, y cuando se liberó trató de subir a la superficie, una que parecía cada vez más lejana. Las ropas parecían un lastre, el bastón un peso que la hundía con mayor rapidez. Pensó, por un momento, que aquella era una patética forma de morir, tan lejos de casa y sin un entierro, ahogada junto a cientos de seres antinaturales que ni siquiera eran su gente.Un brazo la rodeó por la cintura. Trató de liberarse, y en su lucha no se percató de que era Lorthzen ayudándola a salir a flote. La mantuvo sujeta para ayudarla, puesto que no sabía nadar. Solris les cubrió las espaldas mientras la llevaban hacia el bote. Entre Elysia y Vernael la ayudaron a subir. Sentía el sabor de la podredumbre en la garganta, segura de que jamás sería capaz de olvidarlo. Desde la seguridad y estabilidad del bote, con los cinco en él, Valandria alzó un escudo alrededor de ellos.
—No lo podré mantener mucho tiempo.
Con aquella advertencia, Vernael volvió a tomar los remos. La barrera actuaba como un campo impenetrable a su alrededor, impidiendo a los no-muertos que se acercaran. Pronto les dejaron atrás y Valandria retiró el hechizo, tratando de recomponerse todavía del chapuzón, la ingesta de agua y la falta de oxígeno. Solo necesitaba recuperar el aliento, como el resto. Sin embargo, se habían confiado en que la amenaza quedaba atrás, cuando algo sacudió el bote.
—Hay algo bajo nosotros.
—¿Más de esos cadáveres?
—No, es… ¡Mirad, ahí!
Lorthzen señaló el agua mientras algo volvía a pasar con gran velocidad bajo ellos, golpeando el bote. Era grande. «Por Belore, ¿es que no vamos a terminar nunca?» Quería llegar a tierra firme cuanto antes y olvidarse de las amenazas acuáticas. Vernael continuó remando, tratando de llegar hasta el templo lo antes posible. La criatura continuó atacando el bote, cada vez con mayor fuerza, hasta que la calma pareció imperar de nuevo. Los cinco tripulantes miraron a su alrededor, buscando algún rastro  de la criatura. Nada. La más absoluta calma siguió a aquel episodio, aunque permanecieron ojo avizor.

La tensión les acompañó el resto del trayecto. El bote chocó contra la piedra de unas escaleras que llevaban a la parte superior del templo, y esta a su vez les llevaría al interior. Comenzaron a desembarcar, cuando un nuevo golpe hizo que Elysia cayera al agua. Solris se lanzó al agua para ayudarla a salir, mientras el resto del equipo permanecía alerta. Lorthzen tomó a Valandria del brazo y la ayudó a bajar del navío, asegurándose de que ella no cayera al agua también, y desenvainó la espada que colgaba de su cinto.
—Vamos, daos prisa —Animó el Caballero de Sangre. Desde su posición, poco podía hacer para ayudarles, pero sus ojos recorrían la superficie de aquellas aguas en busca del enemigo.
Un chapoteo a varios metros captó la atención del grupo, incluidos aquellos que estaban en el agua. Al no ver nada, continuaron nadando hacia la estructura. El cuerpo pútrido de un enorme pez saltó fuera del agua, tratando de engullir a sus presas, quienes por suerte pudieron llegar a tierra firme a tiempo. La arcanista no perdió el tiempo y lanzó un orbe de energía Arcana hacia la criatura. El orbe impactó contra sus escamas, atravesándolas, y un segundo hechizo lo hizo estallar. Los restos del animal cayeron en todas direcciones. La barrera alzada alrededor del grupo impidió que fueran alcanzados por las vísceras.
—Suerte que estás de nuestro lado.
Valandria miró a Solris y una pequeña media sonrisa se dibujó en sus labios. Una vez el bote fue asegurado, tomaron un pequeño descanso. Apenas habían pasado unos minutos hasta que Vernael se dirigió al grupo.
—Pasaremos la noche aquí, descansaremos bien y mañana nos internaremos en el templo. —Sus ojos pasearon por cada uno de los presentes, dándole unos segundos. —Haré la primera guardia. Lorthzen, la segunda.
—¿Quieres que erija una barrera para evitar que nos vuelvan a sorprender?
—No, Valandria. Descansa, ya has hecho bastante por ahora.
Aunque la idea de no tener una barrera como medida adicional no le gustaba, la mujer asintió y aceptó. El grupo encontró más arriba un espacio cerrado y cubierto en el que pudieron comer, descansar e incluso dormir. La noche transcurrió sin más altercados, permitiéndoles recuperar fuerzas, sin atreverse a mantener conversaciones animadas para evitar atraer atenciones innecesarias.

La luz de la mañana llegó opacada por espesas nubes que se cernían sobre la zona, con el repicar de la lluvia sobre la superficie del lago. El sueño del grupo fue ligero, aunque no todos fueron capaces de dormir. Tras comer un poco, se prepararon para adentrarse en el templo. Las antorchas seguían empapadas, por lo que Valandria se colocó tras Vernael, quien lideraba la marcha, con una antorcha mágica que flotaba alrededor del grupo. Las escaleras de piedra que descendían estaban dañadas por el paso del tiempo. Debían prestar atención a cada paso que daban, y el silencio pronto se instaló entre ellos, acompañándolos junto al eco de sus pasos. Fue fácil perder la noción del tiempo. El frío y la humedad fueron aumentando, así como la incomodidad, la incógnita por saber con qué se encontrarían.

Llegaron finalmente hasta la primera cámara del templo, inundada por completo.
—Bien, esperad aquí. Veré por dónde es el camino.
Vernael tomó aire y se perdió en la oscuridad del agua, con la antorcha siguiéndole para poder iluminar su camino. Solris y Elysia murmuraban, aunque la arcanista no les prestó atención. Su mirada estaba en el agua. ¿Y si bajo el agua había un camino, se perdía y se quedaba sin oxígeno? No tendrían forma de saberlo. Restalló la lengua contra el paladar, intranquila, y se mordisqueó la cara interna de la mejilla. El trol invocó a una súcubo, que se llevó la mirada de desprecio de Valandria. Un instante después, Vernael regresó. Las noticias eran buenas: había otra cámara similar a aquella, unos símbolos en la pared que rodeaba una puerta y un tambor. La arcanista esperó que alguien se ofreciera a ayudarla a cruzar, pero se quedó con la orden de esperarles. Vio al grupo desaparecer en el agua. La oscuridad la rodeó con rapidez y la sensación de frío la envolvió por completo.

Se quedó con la espalda pegada a una pared, sin querer que nada ni nadie la sorprendiera por detrás. Pensó en convocar un orbe de energía arcana para tener una fuente de luz, pero si había algún enemigo no quería llamar su atención. Un golpe. Otro más. Varios le prosiguieron, acelerándole el pulso, hasta que se hizo el silencio de nuevo. Sus ojos estudiaban la oscuridad mientras sus dedos apresaban con firmeza su bastón. Pronto, el sonido de algo siendo absorbido y la piedra moviéndose. La pared que separaba aquella cámara de la siguiente desapareció y pudo ver al resto del grupo, así como que el agua ya no estaba. Elysia y Hesyla, la súcubo, descifraron el primer enigma que les abrió la siguiente puerta.

No fue la primera prueba con la que se encontraron. El trabajo en equipo fue crucial de nuevo en la siguiente, cuando se toparon con una barrera de niebla. Valandria conocía bien su olor: vil. Sin embargo, junto a Zul’drin, pudieron deshacerse de ella, solo para ser embestidos por un trol no-muerto de dimensiones grotescas. El combate fue difícil y consumió grandes energías de todos, desgastándose con cada golpe y cada esquiva. Valandria fue lanzada contra la pared como si de papel se tratara, y cayó inconsciente. Solris le dio el golpe final a la criatura haciendo uso de la Luz. Aunque se tomaron un descanso para recuperar fuerzas, no podían detenerse ni perder mucho tiempo. Continuaron avanzando por los pasillos, decidiendo permanecer unidos, tratando de recordar cada esquina por la que giraban, no volver sobre sus pasos. Era difícil, pero por fin alcanzaron una gran sala.
—¿Es por aquí?
Elysia miró a Vernael, como si él tuviera la respuesta a su duda. Cuando la pared tras ellos se cerró, quedándose encerrados, el líder del grupo respondió:
—Es por aquí.
Una horda de trols no-muertos emergió de entre las sombras, terminando de confirmar cualquier duda que todavía quedara.

Uno a uno, el enemigo fue siendo rechazado por el grupo. Las barreras mágicas de Valandria ayudaban a repeler algunos golpes, a proteger a sus compañeros, mientras cada uno de ellos luchaba con ferocidad. No habían salido de ninguna parte, no física al menos. Se preguntaba de dónde, y pronto le llegó la respuesta en forma de nigromante. Las luchas anteriores les habían desgastado, la ropa todavía húmeda era un peso en contra. Parecía esquivar todos los ataques, que las hojas de sus armas y sus hechizos les traspasaba.
—¡Es una ilusión!
Valandria convocó un orbe arcano que se alzó en el centro de la sala, iluminándola por completo. En el muro contrario, en la parte superior, había alguien en un balcón de piedra. Vernael vio unas escaleras y guió al grupo por ellas. Al llegar al lugar, el humano que había bajo las togas se encogió, buscando cobijo en una escoba.
—¡Por favor, no me matéis! Y-yo no… no he hech-ch…
—Silencio —Ordenó Vernael—. Aquí se esconde un orbe, ¿qué sabes de él?
—¿O-orbe?
Su voz temblaba tanto como su cuerpo. Lorthzen parecía distraído, como si su mente divagara, lejos de lo que estaba sucediendo en aquel lugar. Valandria apenas podía entender al hombrecillo, triste y patético. Sus respuestas eran vagas, hasta que todo su cuerpo se convulsionó y los ojos se le pusieron en blanco. Todos se apartaron hasta que los espasmos se detuvieron.
—Habéis venido a morir. —Su voz era distinta. Se puso en pie, con una actitud mucho más segura, lejos de lo que habían visto hasta ahora en él. —Pronto, vuestras inquietudes y vuestros miedos desaparecerán.
El nigromante se alzó en el aire y su cuerpo se comenzó a hinchar. Vernael se preparó para el combate, pero un escudo mágico impedía que se le alcanzara con ningún arma. La magia de Valandria no parecía surtir efecto contra él y el tiempo se les acababa. La piel cada vez estaba más estirada. Vernael ordenó la retirada, pero el nigromante les seguía. Lorthzen, en un último intento, se detuvo y le encaró. Le lanzó una gran oleada de Luz, y esta pareció iluminar el cuerpo del humano desde el interior. Se alejaron de él, inseguros de lo que sucedería a continuación, hasta que por fin su cuerpo cayó inerte al suelo.
—Apesta a magia vil —comentó Valandria—. Bien hecho.
—¿Y no podías haberlo dicho antes?
—Le dijo la sartén al cazo…
Zul’drin tenía más experiencia con la magia vil que ella, por lo que a la arcanista no le gustó que la cuestionara. Sabía que un brujo no era de gran utilidad en el grupo, y ahí, en su opinión, se acababa de exponer por sí solo.

El grupo continuó avanzando, esta vez por un largo pasillo escoltado por grandes estatuas a cada lado. Nada más entrar en él, los extremos se cerraron y de las bocas de las estatuas salió una neblina. Lorthzen conjuró una barrera sagrada que protegió al grupo mientras avanzaban. Cuando llegaron al final, la palanca que accionó Vernael hizo que la puerta se abriera y el gas desapareciera. Una rampa les llevó a una enorme sala con tres pisos, y en el inferior vieron el orbe. Bajaron hasta este y Valandria, con precaución, trató de agarrarlo; una ilusión nuevamente, sustituida por una siniestra carcajada que le heló la sangre, escuchándose por cada rincón del lugar.

Un no-muerto humano se materializó frente al grupo. Sin mediar palabra, la sala se llenó de Sombras y quedó a oscuras. Ni siquiera la antorcha o el orbe de energía arcana de Valandria lograban iluminar nada. La arcanista hizo uso de todos sus sentidos, conjurando una barrera a su alrededor para protegerla. El escozor de un corte en su mejilla hizo que prestara aún más atención, pues no había visto nada. Escuchó a Solris y a Elysia, la molesta voz de un diablillo conjurado por Zul’drin, una maldición de Lorthzen… y sintió el agarre de alguien sobre su muñeca.
—No te separes.
Vernael se quedó junto a ella y la arcanista extendió la barrera. Le pareció ver algunos destellos de Luz, que la sombra era menos espesa tras lo que imaginó fueron algunos minutos. Cuando sus ojos por fin dieron con el enemigo, vio que había sido herido. Si bien usaba las Sombras para moverse con más rapidez, ahora tenían contacto visual y todos eran capaces de defenderse y contraatacar. Ahora que no se sentía un conejo en una trampa esperando desvalido su final, Valandria hizo uso de sus conocimientos arcanos para lanzar una serie de ráfagas arcanas contra él. El acero de la hoja de Vernael se adentró en la carne. Acto seguido, las Sombras comenzaron a replegarse, creando una bola de energía oscura a punto de estallar. El grupo echó a correr, todos salvo uno.

—¡Lorthzen, retírate! Es una orden.
—¡No! Tengo que…
Parecía que quería contener la energía de las Sombras en una barrera de Luz. Sin embargo, Vernael tiró de él y le puso a salvo tras una columna cuando el orbe de oscuridad estalló. El suelo tembló, y por un momento Valandria creyó que el templo entero se derrumbaría sobre ellos. Le pitaban los oídos. Le costó escuchar a Elysia a su lado, preguntándole si estaba bien. Asintió y buscó con la mirada al resto de sus compañeros; todos estaban a salvo. Lorthzen no parecía contento con lo sucedido, pero pudo ver los músculos de su mandíbula tensarse mientras apretaba los labios. Finalmente se asomaron para ver lo que había ocurrido. El cuerpo del no-muerto había quedado hecho polvo, no quedando más que sus restos óseos y algunos trozos de tela de sus togas. Las estatuas que decoraban el lugar ahora no eran más que piedra esparcida por el suelo. Lo poco que una vez hubo de decoración ya no estaba. Lo que todavía quedaba era el pequeño altar sobre el que descansaba el Orbe de Shandora. Al fin estaba en sus manos, aunque aquel viaje no había hecho más que comenzar.


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