Varyndor, el patriarca de los Susurrocaso, entró en la biblioteca familiar y comenzó a guardar en una bolsa de tela varios pergaminos. Valandria y Valtherion se miraron desde el sofá de terciopelo azul en el que estaban cómodamente sentados, cada uno con su lectura. No comprendían la urgencia en sus palabras ni la rapidez con que recogía lo que fuera que estuviera guardando. Habían escuchado las alertas, pero allí estaban a salvo.
—¿Es que no me habéis oído? ¡Volad!
—Padre, ¿a qué viene esto? —quiso saber.
—No hay tiempo, mi niña. Vamos, ayúdame. Tenemos que guardar todo esto, no podemos perderlo.
—Padre, ¡por favor! —rogó con urgencia, confundida y asustada.
Thessalia se detuvo y miró a ambos. Sus ojos violáceos se clavaron en su padre; ella también quería respuestas. Como única respuesta, un cuerno de alarma sonó. Era el que se empleaba para avisar de la cercanía de enemigos.
—Ya están aquí. ¡Deprisa, hijas mías! Guardad lo que podáis.
A través de las ventanas podían oírse los gritos de la gente. Un guardián arcano estalló cerca de los jardines, el entrechocar del acero sonaba cada vez más próximo. Varyndor no había querido asustar a su familia, pero el enemigo había avanzado con más rapidez de la prevista. Valtherion llegó acompañado de Selandris, su madre. Ambos llevaban un par de mochilas cada uno, y él portaba sus túnicas de batalla, encantadas para ser más resistentes, junto con una coraza de placas plateada.
—¿Lo tenéis todo?
Un asentamiento de cabeza bastó. Thasselia terminó de guardar varios pergaminos en la mochila, arrugándolos en el proceso, y Varyndor comenzó a conjurar un portal. Valandria recordó que se dejaban a alguien.
—¡Ahora vuelvo!
—¡Valandria, no!
Valtherion impidió que su madre fuera tras ella, pero no pudo evitar que su hermana lo hiciera. Valandria escuchó los pasos tras de sí y comprobó quien era.
—Vuelve con padre, Lia, voy a por Ishura.
—Te ayudaré. Busca en las dependencias, yo en el almacén.
Bufó y aceptó. Oía el clamor de la batalla prácticamente en las puertas, por encima del latido acelerado de su corazón.
Los pasillos de aquella casa nunca se le habían hecho tan largos, ni tampoco las habitaciones tan grandes. Miró bajo las camas y en los armarios, en los baños… hasta que encontró al gato negro de patas blancas encogido bajo un diván.
—Ven aquí, gato estúpido.
Alargó el brazo, recibiendo bufidos de advertencia hasta que obtuvo un arañazo.
—¡Te estoy salvando la vida, bola de pelo idiota!
Apartó el mueble y le lanzó un cono de hielo cuando el animal trató de huir, inmovilizándolo. Lo cogió en brazos y echó a correr, sintiendo las uñas del felino clavándose en su hombro.
Al llegar a la biblioteca, su madre y su hermano ya habían cruzado el portal.
—¿Y Lia?
—¿No estaba contigo?
—Se fue a por Ishura al almacén, ¡ya debería haber vuelto!
Las cocinas no estaban lejos. Entrar y salir, debía ser así de fácil, a menos que se hubiera entretenido con algo. Pero ¿con qué? El servicio ya no estaba, y esperaba que no hubiera ido a los establos.
—Cruza, Val. Lo mantendré abierto hasta que llegue.
Valtherion la ayudó a cruzar hasta un claro de verdes hojas, pero no le importó dónde estaban. Se volvió en cuanto hubo cruzado, observando a través del portal, esperando ver a Thasselia aparecer.
La espera cada vez se volvía más angustiosa. Por lo que había oído de regreso a la biblioteca, en cualquier momento entrarían en la casa.
—Tengo que volver, tengo que ir a por ellos.
Valtherion detuvo a su madre cuando esta alzó las manos para conjurar un hechizo de teleportación. Aunque la comprendía, no podían arriesgarse. Él, si acaso, era quien debía haberse quedado a esperarlas.
Por fin apareció Thessalia por la puerta, caminando a duras penas. La sangre emanó de su boca mientras su vestido se teñía de rojo a la altura del estómago. Una sombra se posicionó tras ella y la atravesó de nuevo con su espada. Varyndor gritó de dolor al ver a su hija morir y, con un gesto rápido, cerró el portal para proteger a su familia.
—¡NOOOOOOOOOO!
Las rodillas de Selandris cedieron mientras rompía a llorar. Valandria se quedó inmóvil, en shock por lo que acababa de ver. Escuchó la voz de Valtherion como un eco lejano mientras su silueta se movía, difusa. Sentía algo cálido recorriendo sus mejillas. Sus dedos tocaron aquel líquido que brotaba de sus ojos. Lloraba. No se percataba de ello. Abrazó al gato que su padre había traído años atrás para Thessalia, lo único que le quedaba de ellos.
El viaje hasta Quel’Danil apenas lo recordaba. Había caminado como un autómata, simplemente porque tenía que hacerlo, pero sin un propósito real, sin ganas. Les habían recibido y dado alojamiento en la posada, como al resto de supervivientes que iban llegando. Valtherion parecía ser capaz de encargarse de todo, mientras que Valandria y Selandris eran incapaces de hacer otra cosa que seguirle. Aquella noche fue incapaz de dormir. La tristeza la ahogaba, pero la culpa la arrastraba hasta lo más hondo. «¿Por qué no he sido yo?». Aquella pregunta la perseguiría de aquel día en adelante.
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