Centinelas de Elune

El ósculo

Mi familia se asentó en los frondosos bosques de Vallefresno, y con el paso de los años decidí irme a Auberdine, en Costa Oscura. El pueblo se teñía de sombras, unas que parecían acompañarme más que pertenecer al lugar. Si había decidido quedarme en aquel lugar y no en Vallefresno, donde los orcos cruzaban nuestras fronteras para arrasar con nuestros árboles y mi arco era más necesario, fue porque mi familia ahora parecía un grupo de extraños. La guerra había acabado con la armonía que una vez habitaba en nuestros corazones.

En el horizonte, sobre el mar, se alzaba Teldrassil, cuyo nombre significa «Corona de los Cielos» en mi lengua. Un nombre que, si me lo preguntan, le viene como anillo al dedo. Visitaba la ciudad que se asentaba en sus ramas a menudo, en especial su templo, y la vi crecer para convertirse en nuestra nueva capital. Prefería observar las luces titilantes desde la distancia. Auberdine me gustaba. Tenía cierto encanto, y Nahim acabó viviendo conmigo. Mientras ella se dedicaba a aprender las artes druídicas, yo patrullaba la costa y los bosques. Fue así como encontré a un cachorro de sable de la noche, herido. El único superviviente de su manada. Me lo llevé y sané sus heridas, y decidió compensarme con su lealtad. Ash’andu le llamé, «pequeña noche*».

Durante mis vigilancias rutinarias, hice amistad con un druida llamado Ayshlad. Tenía los lados de la cabeza rapados, y los cabellos verdes atados a una larga coleta. Sus cejas eran espesas, fruncidas de manera natural, dándole una severidad a sus ojos blanquecinos que no poseían realmente. Un pulcro bigote se situaba sobre unos labios que siempre tenían una sonrisa para mí, y su larga barba siempre estaba recogida. Tenía unos pequeños cuernos que nacían de su frente. Con el paso del tiempo se convertirían en una gran cornamenta, estaba segura, como otros grandes druidas.

No siempre hacía mis rondas en solitario. Ayshlad tenía como fin el proteger el equilibrio de la naturaleza, y esa era la excusa que pasaba para acompañarme y pasar tiempo conmigo. Cuando nuestros deberes nos lo permitían, nos gustaba perdernos entre los árboles o unirnos a las olas. Fue natural que, al final, nuestros corazones latieran al unísono. La forma en que me miraba hacía que mis mejillas se ruborizasen, que mi voz temblara al hablar o me faltaran las palabras. Su cercanía me producía un agradable escalofrío y ocupaba cada uno de mis pensamientos.

[…]

El Festival de Fuego del Solsticio de Verano se aproximaba. Cuando las primeras luces de sol aparecieron entre las nubes por el horizonte, salí con Ash’andu a pasear. Seguimos el camino hacia Vallefresno, pasando por las ruinas de las que antaño fueron grandes ciudades, como Ameth’Aran o Bashal’Aran. Conocía un pequeño refugio junto a la linde. Disfrutaba de aquel paseo a menudo, y lo hacía no solo por deber, sino por placer. Al regresar, ya caída la noche, Nahim me entregó una carta dirigida a mí. Conocía la caligrafía. «Te espero mañana en Darnassus. Hay algo de lo que quisiera hablar contigo». Un frío repentino me recorrió la espalda. Ayshlad no dejaba mensajes como aquel, y apenas pude pegar ojo aquella noche.

Cuando el amanecer llegó, me miré al espejo. La preocupación cubría mi rostro. Algunos mechones blancos caían despreocupadamente sobre él, escapándose de la coleta que llevaba. Respiré hondo.
—Tranquilízate, Dal —me dije a mí misma—. Solo es una charla.
Sentí las manos de mi hermana sobre mis hombros, asomándose junto a mi reflejo, mirándome a través del espejo. Me sonrió.
—Igual solo quiere pedirte que os unáis.
Puse los ojos en blanco mientras ella se reía, burlona. No pasábamos mucho tiempo juntas últimamente y siempre tenía por costumbre meterse conmigo. Le di un pequeño codazo en el costado y le removí los cabellos. No importara cuántas veces lo hiciera, siempre caían en su sitio de forma ordenada.

Un barco me llevó desde la costa hasta Teldrassil, y un portal me llevó después hasta la copa del gran Árbol-Mundo. La piedra blanca de la ciudad me dio la bienvenida. Crucé sus calles hasta un claro apartado, todavía dentro de los muros, y allí estaba él esperándome. Cuando la mirada de Ayshlad se cruzó con la mía, sentí que el corazón se saltaba un latido. Los nervios lograron que me sudaran las manos, y no sabía si frotármelas o dejarlas a los lados. Dibujó una dulce sonrisa y me perdí en sus labios un instante, devolviéndole el gesto inconscientemente.
—¿Qué querías?
Mi voz falló, convirtiéndose en apenas un susurro. Perdía todo control sobre mí misma cuando estaba con él. Sus manos, ásperas, envolvieron las mías con una delicadeza casi impropia.
—Te… amo.

Fueron dos palabras. Dos únicas palabras pronunciadas con suavidad y temor, con unos nervios comparables a los míos. No respondí con palabras, sino con un beso que unía nuestros caminos para formar uno solo, y el tiempo se detuvo en aquel instante. Nada más importaba.

Los meses transcurrieron, meses en los que estuve llena de dicha. El amor y el deseo se hicieron con el control. Pero, tal y como la felicidad había llegado a mi vida, se marchó sin hacer ruido. Mi hermana se había marchado para hacer su vida con un humano, una relación con la que nunca estuve de acuerdo, y Ayshlad desapareció. De repente me encontraba sola y tenía miedo. Me aterrorizaba qué iba a pasar ahora, conmigo y con lo que crecía lentamente en mi interior. Sentía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar. ¿Qué pasaría ahora?

 

NdA: No hay traducción para los términos «ash» o «andu», por lo que no es canónica y se trata de una licencia creativa.

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