Dalria

Prólogo

El equilibrio parece haber regresado, pero es un equilibrio frágil, construido sobre cenizas. Justo cuando pensaba que Azeroth ya me había quitado todolo que podía cobrarme, el destino decide llamar a mi puerta otra vez.

Nací hace tres siglos en los claros del Monte Hyjal. Me llamo Dalria Brisanocturna, y si algo aprendí en trescientos años es que la eternidad es un concepto muy frágil. Me crié entre los sermones de mi madre y la vigilancia silenciosa de mi hermano mayor, Erion. Él era mi sombra; me enseñó a leer el bosque, a identificar el sonido de cada animal, a escuchar las palabras transportadas por la brisa.

Mi hogar era un santuario de lo tradicional. Cada noche, mi madre desenterraba las mismas leyendas sobre Elune y los Ancestros Guardianes. Escuchaba sobre Goldrinn o Aessina hasta que el sopor me vencía, mientras mi hermana melliza, Nahim, quedaba embelesada por sus historias. Me sermoneaba con una insistencia admirable a la par que irritante, a pesar de que yo era una causa perdida. Siempre que tenía la oportunidad, pasaba las noches fuera, bajo el abrigo de la Dama Blanca cuya luz se filtraba entre las ramas de Nordrassil.

Erion encontró la felicidad al unirse en un rito sagrado a una kaldorei, y posteriormente convirtiéndose en padre. Mathrentar llenaba su hogar de risas y alegría. Nahim, que había nacido con el don druídico, usaba su forma felina para llevar sobre su lomo al pequeño. Todos parecían tener un propósito en aquella familia, una en la que a veces me sentía perdida, como si no tuviera cabida en ella. No podía evitar sentir una punzada de envidia más a menudo de lo que estaba dispuesta a admitir, y decidía centrar mis atenciones en mi entrenamiento como Centinela.

La paz nos duró hasta hace doce años. La Tercera Guerra llegó a nuestras tierras sin permiso. Freja, la esposa de Erion, se negó a evacuar cuando el resto lo hicimos. Aseguraba que el Monte Hyjal era impenetrable, que la ayuda externa era innecesaria. Esa soberbia nos costó caro.

Mi madre, mi hermana y yo fuimos evacuadas al Claro de la Luna. Cada hora que pasaba se convertía en agonía. El tiempo casi pareció detenerse. Nos apoyamos la una en la otra para mantener la esperanza. Pasaron días hasta que Erion regresó, herido. Mi padre murió defendiendo el segundo campamento, y Freja y mi sobrino jamás salieron de la montaña. Mi hermano había regresado, pero solo físicamente; sus ojos se habían quedado en la batalla, en los gritos de aquellos que no lo lograron.

Nunca volvió a ser el mismo.

Aquel día vencimos, pero nuestro sacrificio fue grande. Además de las vidas que dimos defendiendo nuestro hogar de las fuerzas de la Legión Ardiente, perdimos nuestra inmortalidad. La incertidumbre se aposentó en muchos de nosotros, preguntándonos qué nos pasaría a partir de ahora.

Hoy, Erion se marchita en Claro de la Luna, habiéndose convertido en una sombra de lo que fue; mi madre busca consuelo entre los bosques de Vallefresno; Nahim ha fundado una orden para defender lo poco que nos queda. Yo… No estoy segura de lo que hago, de cual debería ser mi camino.

El equilibrio parece haber regresado, pero es un equilibrio frágil, construido sobre cenizas. Justo cuando pensaba que Azeroth ya me había quitado todolo que podía cobrarme, el destino decide llamar a mi puerta otra vez.


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